“LA MISIÓN AL SERVICIO DE LA VIDA DIGNA”
La Iglesia es toda ella misionera. La misión está en el centro de la vida de la Iglesia, comunidad de los discípulos misioneros de Jesús. “Como el Hijo fue enviado por el Padre, así también El envió a los Apóstoles diciendo: Vayan, pues y hagan discípulos míos a todos los pueblos, bautícenlos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enséñenles a guardar todo lo que les he mandato. Yo estaré con ustedes todo el tiempo hasta el fin del mundo (Mt 28,19-20)(LG 17). Por eso todo discípulo de Cristo tiene la responsabilidad de sembrar la fe en todas partes (LG 17). Es por esto, que tiene que decir con San Pablo: “¡ Ay de mi si no evangelizo! (1 Cor 9,16).
Ahora, en Aparecida, en la voz de los Pastores se expresa la conciencia viva de la Misión a la que ha sido llamada por Cristo. La Iglesia toda ella está llamada a la misión. “En el Pueblo de Dios, la comunión y la misión están profundamente unidas entre sí… La comunión es misionera y la misión es comunitaria” (DA 163). Discipulado y misión son las dos caras de la misma medalla ( DI 3).
1.- LA GRAN MISIÓN CONTINENTAL.
Los Obispos han llamado a toda la Iglesia de América Latina y el Caribe a una Gran Misión continental y se han declarado en misión permanente (MPD 4,5). Tienen la esperanza de que “Será un nuevo Pentecostés que nos impulse a ir, de manera especial, en búsqueda de los católicos alejados y de los que poco o nada conocen a Jesucristo, para que formemos con alegría la comunidad de amor de nuestro Padre Dios. Misión que debe llegar a todos, ser permanente y profunda” (MPD 5).
En el divorcio entre la fe y la vida, se constata el hecho de que las condiciones de vida de muchos abandonados, excluidos de los bienes del desarrollo e ignorados en su miseria y su dolor en nuestro continente contradicen el proyecto de Dios, (DA 358) situaciones que deberían de invitarnos a suprimir las graves desigualdades sociales y las enormes diferencias en el acceso a los bienes. Esta es la razón por la que los Obispos consideran que la Misión de los discípulos y discípulas de Jesús, el Cristo, debe estar al servicio de la vida plena.
2.- JESUS Y LA IGLESIA AL SERVICIO DEL REINO DE LA VIDA.
“Jesús, el buen Pastor, quiere comunicarnos su vida y ponerse al servicio de la vida” (DA 353). Jesús tuvo como centro de su vida, de su predicación y de su obra el anunciar y hacer presente el Reino de Dios. Este Reino es de vida para todos. Son muchos los signos que Jesús pone de que su misión es dar la vida y darla en abundancia para todos, especialmente a los pobres, por quienes hace una opción (Jn 10,10).
Si las condiciones de vida de muchos pobres, excluidos en el Continente contradicen el proyecto de Dios, que es de vida digna, para todos, la misión no la podemos entender sino como una oferta de vida en Cristo con un dinamismo de liberación integral, de humanización, de reconciliación y de inserción social (DA 359). La propuesta de Jesús a nuestros pueblos, el contenido fundamental de esta misión es la oferta de una vida digna y plena para todos. Esto exige a la Iglesia una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, en el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del continente. “Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo.(DA 362). También necesitamos “dar testimonio de proximidad que entraña cercanía afectuosa, escucha, humildad, solidaridad, compasión, diálogo, reconciliación, compromiso con la justicia social y capacidad de compartir como Jesús lo hizo” (DA 363). Los Obispos, citando las palabras del Papa Benedicto XVI dicen: “Pero la Iglesia no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia” (DA 385). La Iglesia está convocada a ser abogada de la justicia y defensora de los pobres, ante intolerables desigualdades sociales y económicas, que claman al cielo (DA 395). Compromiso de los discípulos y misioneros de Jesús es Comunicar la vida, trabajar por la dignidad humana, y luchar por la conversión.
3.- LA MISIÓN AL SERVICIO DE LA PROMOCIÓN DE LA DIGNIDAD HUMANA.
La persona humana tiene una dignidad que se funda en la creación del hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios. El ser humano está hecho a imagen de Dios por tanto, tiene un valor que trasciende todas lo creado. Esto aparece en el segundo relato de la creación cuando Dios presenta a Adán todos los animales para que les ponga nombre, pero entre todos ellos no encontró una compañía a su altura. Es por esto, que Dios creó a la mujer de la que Adán exclamó: “Esta sí es carne de mi carne y hueso de mis huesos. Por eso se llamará mujer porque ha sido sacada del varón” (Gen 2,23).
De esta dignidad brotan los derechos humanos que son prerrogativas que toda persona tiene y que exigen ser respetados y cuando son violados, no únicamente se violan los derechos de la víctima, sino también los del verdugo, quien al pisotear la dignidad humana, pisotea la propia. El violador de los derechos humanos se rebaja él mismo en la escala humana.
Los Obispos afirman: “Nuestra fidelidad al Evangelio, nos exige proclamar en todos los areópagos públicos y privados del mundo de hoy, y desde todas las instancias de la vida y misión de la Iglesia, la verdad sobre el ser humano y la dignidad de toda persona humana” (DA 390).
“Ser discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos, en El, tengan vida, nos lleva a asumir evangélicamente y desde la perspectiva del Reino las tareas prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser humano, y a trabajar junto con los demás ciudadanos e instituciones en bien del ser humano (DA 384). Esto lleva a la creación de estructuras sociales que consoliden un orden económico, social y político en el que haya igualdad ante la ley y posibilidades para que todos sean tratados con dignidad, por tanto, que impidan la impunidad y la prepotencia de unos cuantos y faciliten el diálogo para construir los necesarios consensos sociales (Cf. 384). Estas estructuras tienen que promover que todos sean sujetos y no objetos de su propio desarrollo. Es por esto, que la Iglesia no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia y debe promover una auténtica liberación integral (DA 385).
4.- LA OPCION PREFERENCIAL Y EVANGÉLICA POR LOS POBRES, EXIGENCIA DE LA PROMOCIÓN DE LA DIGNIDAD HUMANA.
Si la dignidad de los pobres en el continente latinoamericano está pisoteada y los excluidos e invisibles sociales no pueden llevar una vida que responda a las exigencias de su dignidad humana, la Opción preferencial por los pobres y excluidos es una exigencia de la lucha por la dignidad humana.
En Aparecida los Obispos profundizan en las exigencias de esta opción que ya en la Conferencia de Puebla había sido asumida.
a) La opción preferencial por los pobres es intrínseca a la fe en Cristo. Jesús claramente optó por los pobres. Los declaró bienaventurados porque de ellos es el Reino de los cielos. Esto quiere decir que no podemos creer en Cristo si no hacemos una opción por los pobres (Cf. DA 402, 65). “Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres, y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo” (DA 393).
b) Es, por tanto, una opción evangélica, no es optativa, sino exigitiva. No se puede vivir el Evangelio si no se opta por los pobres, preferidos de Dios.
c) Es transversal, es decir, atraviesa todas las opciones, estructuras e instituciones eclesiales. Ninguna de ellas puede quedar al margen de la opción por los pobres.
d) Que aprecie los valores de los pobres y esto sólo se logra con una cercanía amistosa. Sólo así pueden llegar a ser sujetos de su propia evangelización y desarrollo.
e) Que evite todo paternalismo y dependencia (Cf DA 397 y 399). Que haya una auténtica promoción y liberación integral.
f) Que sea integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre.
Toda acción que promueva la dignidad de la persona humana debe partir de la opción por los pobres y debe tener en ella su criterio de acción. Ninguna acción social puede decirse auténtica si no toma en cuenta la promoción de la dignidad de los pobres, si no parte de la situación de violación de los derechos de los pobres.
Por todo esto, los Obispos dicen “Nos comprometemos a trabajar para que nuestra Iglesia Latinoamericana y Caribeña siga siendo, con mayor ahínco, compañera de camino de nuestros hermanos más pobres, incluso hasta el martirio” (DA 396).
CONCLUSIÓN.-
LA CONVERSIÓN PASTORAL, NECESIDAD DE LA MISIÓN PARA LA PROMOCIÓN DE LA VIDA DIGNA.
La conversión es condición indispensable para que el Reino de Dios acontezca y al mismo tiempo, es signo de que ya está presente. Jesús inició su predicación diciendo: “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios se acerca, conviértanse y crean a la buena nueva” (Mc 1,14-15). En el fondo de las exigencias para el seguimiento Jesús pone la conversión: el desprendimiento de la riqueza (Mt 19,21), de la propia familia (Lc 9,59-62). Esta conversión tiene diversas dimensiones igual de importantes y que no son escalonadas sino simultáneas: la personal, la comunitaria, la social y la cósmica.
Para nosotros esta conversión pastoral exige que tomemos conciencia de la dimensión social del Evangelio y de la Misión, creemos instituciones y pongamos en práctica acciones en las que se trabaje y luche por la dignidad de todos, especialmente de los pobres y excluidos. Organizaciones básicas, civiles, populares en las que se busque el bien común y la creación de la ciudadanía madura y participativa. Esto requiere decisión, compromiso y creatividad.
La promoción y fortalecimiento de organizaciones básicas y civiles se vuelve una exigencia a la que no podemos renunciar. La misión no se cumple únicamente en el campo eclesial y con acciones puramente eclesiales, sino también – y esto es una de las grandes novedades de Aparecida – en el campo social y con acciones sociales. Tan son misioneros una catequista o un celebrador de la Palabra, como un promotor de cooperativas, de organizaciones civiles y del comité de DDHH y de la tierra. Es importante tener en cuenta las palabras del Papa Benedicto XVI, en la encíclica “Dios es amor”: “La Iglesia no puede ni debe quedarse al margen en la labor por la justicia” (DCE 218) y aquellas que dijo en el discurso inaugural de Aparecida: “ La Iglesia está convocada a ser abogada de la justicia y defensora de los pobres” (DI 4).
JOSE SANCHEZ SANCHEZ

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