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GEDEON, EL LIBERTADOR QUE CONFIÓ EN DIOS.

 

 

 

            Después que Israel, dirigido por Josué, conquistó la tierra de Canaán, tuvieron que enfrentar a los pueblos cananeos que no les querían ceder sus tierras de buena gana.  Sobre todo los Filisteos y los Madianitas los atacaban y los despojaban de sus ganados y de sus cosechas. Era tal la situación por las que pasaban las tribus de Israel, sobre todo la de Manasés, que tenían que irse a refugiar en las cuevas  y cavernas para no ser presas de los Madianitas.

 

            Gedeón era el hijo mejor de Joás, quien a pesar de ser Israelita, tenía un altar a Baal, el dios de la fecundidad  de los cananeos.  Un día estaba limpiando el trigo a escondidas para no ser visto por los Madianitas. En eso se la aparece el Ángel del Señor quien lo saluda diciendo:

 

-         El Señor está contigo, valiente guerrero.

 

            Gedeón que estaba dolido por la situación por la que atravesaba su pueblo y en especial su familia, se atreve a reclamarle a Dios:

 

-       Si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos sucede todo esto?  ¿Qué ha sido de todos los portentos que nos cuentan nuestros padres cuando el Señor nos sacó de Egipto? Ahora nos ha abandonado y nos ha entregado a los Madianitas. 

 

            El Ángel lo miró y le dijo:

 

-       Vete, que con tu fuerza salvarás a Israel del poder de Madíán. Yo te envío.

 

            Gedeón le dijo:

 

-       Por favor, Señor, ¿cómo salvaré a Israel? Mi familia es la más insignificante de Manasés y yo soy el último de la familia de mi Padre.

 

            El Ángel le respondió:

 

-       Yo estaré contigo, y tú derrotarás a los madianitas como si se tratara de un solo hombre.

 

            Gedeón creyó en lo que el Señor le dijo e inicia destruyendo el altar a Baal que tenía su padre Joás.  El pueblo se enoja contra Gedeón, pero su padre salió en su defensa, diciendo:

 

            -¿Les toca a ustedes defender a Baal?  Si es dios, que se defienda por sí mismo.  Así dejaron a Gedeón vivo.

 

            Gedeón venció a los Madianitas con un puñado de gente.  De 10,000 hombres que formaban su ejército, Dios le dijo que despidiera a todos los que tuvieran miedo.  Todavía le parecieron muchos y le dijo que pusiera una prueba para que se quedaran sólo los que eran suficientes.  Dios mostraría su fuerza a través de ellos. Sólo quedaron 300 hombres.  La victoria fue total y Gedeón salió victorioso, de tal manera que los Madianitas no volvieron a levantar cabeza mientras vivió Gedeón.

 

            Gedeón era un hombre que creía firmemente en Dios y que se atrevió a destruir el altar de Baal que tenía su propio padre.  Por tanto, como lo haría después el Profeta Elías, lucharía contra la idolatría de Israel a Baal.  También era un hombre sincero, honesto.  Tiene memoria histórica. Se acordaba de todos los prodigios de la liberación de Egipto pero estaba atormentado y en crisis de fe, porque se sentía abandonado por Dios.

 

            Dios le sale al encuentro y lo llama, Gedeón duda, pero ante los signos de Dios, cede y acepta el ser el jefe de Israel. Siempre actúa de acuerdo con Dios, a quien le pide signos de su presencia salvadora.

 

            En la actualidad, nos podemos sentir abandonados por Dios.  No nos resultan las cosas y tenemos muchos problemas. También ante la situación de injusticia y opresión, de crisis económica o de problemas en la comunidad o familia, por la que pasamos, podemos sentir ganas de abandonar todo.  Incluso de reclamarle a Dios el por qué nos encontramos así.

 

            Dios no abandona a su pueblo y a los que confían en él y de distintas maneras les muestra, como a Gedeón,  que está presente. Pero Dios quiere que  pongamos lo que está de nuestra parte, que seamos nosotros, los que luchemos; el nos acompaña y nos da su fuerza, pero no suple el esfuerzo humano.

 

            Nosotros, como Gedeón debemos sentir en nuestro corazón la situación de pobreza de nuestro pueblo, sufrir juntamente con él y ofrecernos a Dios por su liberación. No son nuestra inteligencia o cualidades las causas de la solución a los problemas, sino el Señor, que con poco  de nuestra parte, hace el prodigio de la liberación.

 

            Destruyamos también como Gedeón todo lo que nos estorbe para servir al Señor Dios, de otra manera nosotros mismos estamos obstaculizando la obra del Señor. El escucha siempre la oración del que lo invoca. Tenemos que ser hombres  y mujeres  de oración y de acción

 

JOSE SANCHEZ SANCHEZ

Todavía no están lejos los días en que pensábamos que la Iglesia era el templo, o que eran los sacerdotes y las religiosas.  Los laicos se sentían cristianos de segunda, a ellos les correspondía sólo escuchar, ser enseñados y obedecer.

 

El Concilio Vaticano II (1962-65) nos enseñó que la Iglesia somos todos, pero además que la Iglesia es Dios en medio de su pueblo.  Así la Iglesia esta compuesta de dos elementos uno divino: la Santísima Trinidad y otro humano: todos los que viven según su conciencia y según el Evangelio, muchos de ellos bautizados.  Así la Iglesia es un misterio, es decir,  Dios en, entre y con nosotros, el espacio y expresión de la presencia de Dios en el mundo.  

 

Los Obispos en Aparecida han recordado esta verdad que nos ha liberado, pero también nos ha comprometido y la han hecho avanzar.   ¿Por qué la Iglesia es misterio de comunión?    Primero porque Jesús llamó a sus discípulos y discípulas para que estuvieran con él y formaran una familia nueva, en la que los lazos del parentesco humano no contaran tanto, sino más bien el aceptar el proyecto de Dios y el trabajar por él.  Es decir, que a esta familia no se entra por la descendencia humana, sino por la decisión libre de vivir como Dios quiere, de vivir como hermanos y hermanas entre los humanos y de vivir como hijas e hijos de Dios. Esta fue la gran misión de Jesús enseñarnos a vivir así.  Este grupo de discípulos y discípulas formando familia nueva con Jesús es la semilla de una nueva humanidad, por eso, la Iglesia o es comunidad o no es Iglesia de Jesús.

 

Pero además la Iglesia es comunidad porque es el pueblo de Dios.  El no ha querido salvar a la humanidad, tomando a las personas individualmente, sino en racimo.  La salvación se nos ofrece en la Iglesia y por medio de la Iglesia.  Por último, y es la razón más fuerte de que sea misterio de comunión, la Iglesia es la expresión visible de la comunidad trinitaria de Dios.  Esto es Dios ha querido vivir en medio de su pueblo y ha querido renovar el mundo a través de la Iglesia.  La imagen visible, terrena de la Trinidad es la Iglesia.

 

Es por esto que la fe se vive en comunidad.  Se nos ofrece en comunidad. Por el bautismo entramos a la comunidad de Dios y se nos da el Espíritu Santo que nos hace llamar a Dios Papá.  Además se vive en comunidad, porque sólo así podemos amar a Dios y a los demás. La Iglesia tiene que dar testimonio del amor de Dios en sí y a todos nosotros.  ¡Buena tarea le ha dejado Jesús a sus discípulos!  Por este amor, la Iglesia goza de una fuerza atractiva que invita a las personas a vivir en ella.  La Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción y ésta es el testimonio del amor.

 

¡Cuánto mal se hace cuando hay divisiones y escándalos en la comunidad cristiana!  Los miembros se enfrían y se alejan de ella.   Así lo reconocen los Obispos en el documento de Aparecida.  Los que dejan la Iglesia no lo hacen principalmente por cuestiones doctrinales, es decir, porque les atraigan más las creencias de los otros grupos religiosos, sino porque buscan una vivencia más comunitaria, que no encuentran en la Iglesia católica.  Buscan respuestas a sus inquietudes, buscan aceptación, apoyo en sus problemas y esto no lo encuentran en la comunidad cristiana católica.

 

Por esto los Obispos señalan que, para vivir la Iglesia, misterio de comunión, hay que reforzar cuatro aspectos:

 

1.       La experiencia religiosa.  En la Iglesia se debe ofrecer la posibilidad de un encuentro personal con Cristo, a través del anuncio de su mensaje y el testimonio personal.  Muchos bautizados viven alejados porque no han experimentado este encuentro personal, vivencial con Jesús. Se les han ofrecido costumbres religiosas, normas, mandamientos, leyes, pero no este encuentro que los transforme.

2.      La vivencia comunitaria. La Iglesia debe estar constituida por una red de comunidades cristianas en donde todos los miembros sean acogidos fraternamente, se sientan valorados, visibles y eclesialmente incluidos. Donde se viva la solidaridad, el compartir lo que se es y lo que se tiene. En donde ser hermanos y hermanas no sea una palabra únicamente, sino sobre todo una realidad.

3.      La formación integral. El discípulo se caracteriza por la disposición a aprender del maestro.  Para poder ser mejor discípulo es necesaria la formación, es decir, profundizar en el conocimiento de la palabra de Dios, de los contenidos de la fe y en la experiencia de seguimiento de Jesús.  La formación es la única manera de madurar la vivencia de la fe. Es necesario ofrecer espacios de formación a los que puedan acudir como a la escuela de Jesús

4.      El compromiso misionero en toda la comunidad. El que es discípulos de Cristo, aprende de él la entrega a la misión.  Ese es el objetivo para el cual El llama a sus discípulos y discípulas. La Iglesia debe salir al encuentro de los alejados, se interesa por su situación, a fin de reencontrarlos e invitarlos a revivir su fe.

 

El no reforzar estos elementos hace que en la Iglesia de América Latina y el Caribe haya tantos alejados cuya fe no resiste los ataques del mundo, porque es una fe reducida a tradiciones, a una serie de normas y prohibiciones, a prácticas devocionales, a adhesiones a unas verdades de la fe y no a todas, a una participación ocasional a algunos sacramentos, a una repetición de doctrinas y moralismos que no cambian la vida de los bautizados. Si la Iglesia se preocupa por vivir la comunión en el amor, se convertirá en escuela y casa de comunión.

 

En este esfuerzo por vivir la comunión en el amor, las Comunidades Eclesiales de Base han dado un testimonio muy claro llegando en muchos casos hasta el martirio.  Ellas han permitido al pueblo tener un conocimiento mayor de la Palabra de Dios, al compromiso social en nombre del Evangelio, al surgimiento de nuevos servicios laicales y a la educación de la fe de los adultos. Ellas han sido una de las grandes manifestaciones del Espíritu en la Iglesia en América Latina y el Caribe después del Vaticano II. Son espacio donde se aprende la entrega generosa incluso hasta la entrega de la vida.

 

JOSE SANCHEZ SANCHEZ

 

 

 

          

 

“LA MISIÓN AL SERVICIO DE LA VIDA DIGNA”

 

 

 

La Iglesia es toda ella misionera. La misión está en el centro de la vida de la Iglesia, comunidad de los discípulos misioneros de Jesús. “Como el Hijo fue enviado por el Padre, así también El envió a los Apóstoles diciendo: Vayan, pues y  hagan discípulos míos a todos los pueblos, bautícenlos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enséñenles a guardar todo lo que les he mandato. Yo estaré con ustedes todo el tiempo hasta el fin del mundo (Mt 28,19-20)(LG 17). Por eso todo discípulo de Cristo tiene la responsabilidad de sembrar la fe en todas partes (LG 17). Es por esto, que tiene que decir con San Pablo: “¡ Ay de mi si no evangelizo! (1 Cor 9,16).

 

Ahora, en Aparecida, en la voz de los Pastores se expresa  la conciencia viva de la Misión a la que ha sido llamada por Cristo.  La Iglesia toda ella está llamada a la misión. “En el Pueblo de Dios, la comunión y la misión están profundamente unidas entre sí… La comunión es misionera y la misión es comunitaria” (DA 163). Discipulado y misión son las dos caras de la misma medalla ( DI 3). 

 

1.- LA GRAN MISIÓN CONTINENTAL.

           

            Los Obispos han llamado a toda la Iglesia de América Latina y el Caribe a una Gran Misión continental y se han declarado en misión permanente (MPD 4,5). Tienen la esperanza de que “Será un nuevo Pentecostés que nos impulse a ir, de manera especial, en búsqueda de los católicos alejados y de los que poco o nada conocen a Jesucristo, para que formemos con alegría la comunidad de amor de nuestro Padre Dios. Misión que debe llegar a todos, ser permanente y profunda” (MPD 5).

 

            En el divorcio entre la fe y la vida, se constata el hecho de que las condiciones de vida de muchos abandonados, excluidos de los bienes del desarrollo e ignorados en su miseria y su dolor en  nuestro continente contradicen el proyecto de Dios, (DA 358) situaciones que deberían de invitarnos a suprimir las graves desigualdades sociales y las enormes diferencias en el acceso a los bienes. Esta es la razón por la que los Obispos consideran que la Misión de los discípulos  y discípulas de Jesús, el Cristo, debe estar al servicio de la vida plena.

           

2.- JESUS Y LA IGLESIA AL SERVICIO DEL REINO DE LA VIDA.

 

            Jesús, el buen Pastor, quiere comunicarnos su vida y ponerse al servicio  de la vida” (DA 353). Jesús tuvo como centro de su vida, de su predicación y de su obra el anunciar y hacer presente el Reino de Dios. Este Reino es de vida para todos. Son muchos los signos que Jesús pone de que su misión es dar la vida y darla en abundancia para todos, especialmente a los pobres, por quienes hace una opción (Jn 10,10). 

 

            Si las condiciones de vida de muchos pobres, excluidos en el Continente contradicen el proyecto de Dios, que es de vida digna, para todos, la misión no la podemos entender sino como una oferta de vida en Cristo con un dinamismo de liberación integral, de humanización, de reconciliación y de inserción social (DA 359). La propuesta de Jesús a nuestros pueblos, el contenido fundamental de esta misión es la oferta de una vida digna y plena para todos.  Esto exige a la Iglesia una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, en el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del continente.  Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo.(DA 362). También necesitamos  dar testimonio de proximidad que entraña cercanía afectuosa, escucha, humildad, solidaridad, compasión, diálogo, reconciliación, compromiso con la justicia social y capacidad de compartir como Jesús lo hizo” (DA 363). Los Obispos, citando las palabras del Papa Benedicto XVI dicen: “Pero la Iglesia no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia” (DA 385). La Iglesia está convocada a ser abogada de la justicia y defensora de los pobres, ante intolerables desigualdades sociales y económicas, que claman al cielo (DA 395).        Compromiso de los discípulos y misioneros de Jesús es Comunicar la vida, trabajar por la dignidad humana, y luchar por la conversión.

 

3.- LA MISIÓN AL SERVICIO DE LA PROMOCIÓN DE LA DIGNIDAD HUMANA.

 

            La persona humana tiene una dignidad que se funda en la creación del hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios. El ser humano está hecho a imagen de Dios por tanto, tiene un valor que trasciende todas lo creado. Esto aparece en el segundo relato de la creación cuando Dios presenta a Adán todos los animales para que les ponga nombre, pero entre todos ellos no encontró una compañía a su altura. Es por esto, que Dios creó a la mujer de la que Adán exclamó: “Esta sí es carne de mi carne y hueso de mis huesos. Por eso se llamará mujer porque ha sido sacada del varón” (Gen 2,23).

 

            De esta dignidad brotan los derechos humanos que son prerrogativas que toda persona tiene y que exigen ser respetados y cuando son violados, no únicamente se violan los derechos de la víctima, sino también los del verdugo, quien al pisotear la dignidad humana, pisotea la propia. El violador de los derechos humanos se rebaja él mismo en la escala humana.

 

            Los Obispos afirman: “Nuestra fidelidad al Evangelio, nos exige proclamar en todos los areópagos públicos y privados del mundo de hoy, y desde todas las instancias de la vida y misión de la Iglesia, la verdad sobre el ser humano y la dignidad de toda persona humana” (DA 390).

 

                        “Ser discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos, en El, tengan vida, nos lleva a asumir evangélicamente y desde la perspectiva del Reino las tareas prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser humano, y a trabajar junto con los demás ciudadanos e instituciones en bien del ser humano (DA 384). Esto lleva a la creación de estructuras sociales que consoliden un orden económico, social y político en el que haya igualdad ante la ley y posibilidades para que todos sean tratados con dignidad, por tanto, que impidan la impunidad y la prepotencia de unos cuantos y faciliten el diálogo para construir los necesarios consensos sociales (Cf. 384). Estas estructuras tienen que promover que todos sean sujetos y no objetos de su propio desarrollo. Es por esto, que la Iglesia no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia y debe promover una auténtica liberación integral (DA 385). 

 

4.- LA OPCION PREFERENCIAL Y  EVANGÉLICA POR LOS POBRES, EXIGENCIA DE LA PROMOCIÓN DE LA DIGNIDAD HUMANA.

 

            Si la dignidad de los pobres en el continente latinoamericano está pisoteada y los excluidos e invisibles sociales no pueden llevar una vida que responda a las exigencias de su dignidad humana, la Opción preferencial por los pobres y excluidos es una exigencia de la lucha por la dignidad humana.

 

            En Aparecida los Obispos profundizan en las exigencias de esta opción que ya en la Conferencia de Puebla había sido asumida. 

a)     La opción preferencial por los pobres es intrínseca a la fe en Cristo. Jesús claramente optó por los pobres. Los declaró bienaventurados porque de ellos es el Reino de los cielos. Esto quiere decir que no podemos creer en Cristo si no hacemos una opción por los pobres (Cf. DA 402, 65).  Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres, y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo” (DA 393).

b)     Es, por tanto, una opción evangélica, no es optativa, sino exigitiva.  No se puede vivir el Evangelio si no se opta por los pobres, preferidos de Dios.

c)      Es transversal, es decir, atraviesa todas las opciones, estructuras e instituciones eclesiales. Ninguna de ellas puede quedar al margen de la opción por los pobres.

d)     Que aprecie los valores de los pobres y esto sólo se logra con una cercanía amistosa. Sólo así pueden llegar a ser sujetos de su propia evangelización y desarrollo.

e)     Que evite todo paternalismo y dependencia (Cf DA 397 y 399). Que haya una auténtica promoción y liberación integral.

f)       Que sea integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre.

 

            Toda acción que promueva la dignidad de la persona humana debe partir de la opción por los pobres y debe tener en ella su criterio de acción. Ninguna acción social puede decirse auténtica si no toma en cuenta la promoción de la dignidad de los pobres, si no parte de la situación de violación de los derechos de los pobres. 

 

            Por todo esto, los Obispos dicen “Nos comprometemos a trabajar para que nuestra Iglesia Latinoamericana y Caribeña siga siendo, con mayor ahínco, compañera de camino de nuestros hermanos más pobres, incluso hasta el martirio” (DA 396).

 

CONCLUSIÓN.-

 

            LA CONVERSIÓN PASTORAL, NECESIDAD DE LA MISIÓN PARA LA PROMOCIÓN DE LA VIDA DIGNA.

 

            La conversión es condición indispensable para que el Reino de Dios acontezca y al mismo tiempo, es signo de que ya está presente.  Jesús inició su predicación diciendo: “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios se acerca, conviértanse y crean a la buena nueva” (Mc 1,14-15). En el fondo de las exigencias para el seguimiento Jesús pone la conversión: el desprendimiento de la riqueza (Mt 19,21), de la propia familia (Lc 9,59-62). Esta conversión tiene diversas dimensiones igual de importantes y que no son escalonadas sino simultáneas: la personal, la comunitaria, la social y la cósmica.

 

            Para nosotros esta conversión pastoral exige que tomemos conciencia de la dimensión social del Evangelio y de la Misión, creemos instituciones y pongamos en práctica acciones en las que se trabaje y luche por la dignidad de todos, especialmente de los pobres y excluidos. Organizaciones básicas, civiles, populares en las que se busque el bien común y la creación de la ciudadanía madura y participativa. Esto requiere decisión, compromiso y creatividad.

           

            La promoción y fortalecimiento de organizaciones básicas y civiles se vuelve una exigencia a la que no podemos renunciar.  La misión no se cumple únicamente en el campo eclesial y con acciones puramente eclesiales, sino también – y esto es una de las grandes novedades de Aparecida – en el campo social y con acciones sociales. Tan son misioneros una catequista o un celebrador de la Palabra, como un promotor de cooperativas, de organizaciones civiles y del comité de DDHH y de la tierra. Es importante tener en cuenta las palabras del Papa Benedicto XVI, en la encíclica “Dios es amor”: “La Iglesia no puede ni debe quedarse al margen en la labor por la justicia” (DCE 218) y aquellas que dijo en el discurso inaugural de Aparecida: “ La Iglesia está convocada a ser abogada de la justicia y defensora de los pobres” (DI 4).

 

JOSE SANCHEZ SANCHEZ

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ABRAHAN, NUESTRO PADRE EN LA FE

 Y EN LA ESPERANZA.

 

 

 

Uno de los elementos fundamentales en los discípulos y discípulas de Jesús es la mística, es decir, las motivaciones profundas que nos mueven a actuar, que fundamentan nuestro compromiso cristiano de seguidores y seguidoras de Jesús  y de apóstoles. 

 

En la historia del Pueblo de Dios ha habido hombres y mujeres que son modelo de esta mística y nos sirven para que siguiendo su ejemplo podamos hacer nuestras sus actitudes.  Uno de ellos es Abraham, que es presentado en la Sagrada Escritura como nuestro Padre en la fe.

 

La exhortación a los hebreos nos lo presenta como uno de los modelos de fe. Nos dice que “la fe es el fundamento de lo que se espera y la prueba de lo que no se ve” (Heb 11,1) La fe y la esperanza van íntimamente unidas.   No se puede esperar si no se tiene confianza en la persona que nos ha hecho una promesa.  Si se espera es porque se cree.  Así Abrahán es padre en la fe y en la esperanza.  ¿Por qué?

 

Dios llamó a Abrahán en su tierra, Ur de Caldea, y le dijo: “Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y vete a la tierra que yo te indicaré. Yo haré de ti un gran pueblo, te bendeciré y haré famoso tu nombre.”(Gen 12,1-2)  Abrahán le creyó al Señor Dios y dejó su tierra y se fue a habitar la tierra que Dios le indicó. Así la primera parte de la promesa estaba cumplida.  En cuanto a la segunda que era el que haría de él un gran pueblo no era tan evidente su cumplimiento porque Abrahán era ya un anciano de más de noventa años y Sara su mujer, además de ser anciana también, era estéril. 

 

Abrahán creyó a Dios y para que se hiciera realidad la promesa, él concibe dos planes en los que ponía su colaboración, pero que no estaban de acuerdo con el proyecto de Dios.  El primero fue hacer de un siervo su heredero. Eliezer era el siervo de confianza de Abrahán y viendo éste que no podía tener hijos lo quiso hacer su heredero.  Pero Dios le manifestó que no sería un siervo quien sería el heredero de la promesa sino un hijo suyo.

 

Abrahán hace otro intento, estando de acuerdo su esposa Saray, tiene un hijo de la esclava Agar.  Abraham pensó que si Sara era estéril y no le podía dar un hijo, él lo podría tener de la esclava, cosa permitida en la moral matrimonial de aquel tiempo.  Pero Dios le dijo que no sería Ismael, el hijo de la esclava, el heredero de las promesas. Así Dios le exigió a Abrahán a confiar ciegamente en él y Abraham confió en él. 

 

Dios le da un hijo de Sara su mujer, a quien le puso el nombre de Isaac. Parecía que la promesa empezaba a cumplirse.  Pero aún faltaba otra prueba a la fe y esperanza de Abrahán, quien pensaba que siguiendo las costumbres de los vecinos suyos, los cananeos, de sacrificar el hijo primogénito (sacrificio fundacional), se alcanzaban las bendiciones de Elohím, su Dios, y piensa sacrificarle a su hijo Isaac.  Ahora es Dios quien le dice que no lo sacrifique, porque a él no le agradan los sacrificios humanos, sino los de los animales y frutos de la tierra.

 

Así fue la fe y la esperanza de Abrahán, quien creyó y esperó contra toda esperanza.  Es por esto que es un ejemplo para nosotros de estas actitudes con relación a Dios.

 

Un discípulo y una discípula de Jesús ha de tener una fe y esperanza inquebrantable. Debe pensar que el que conduce  la Iglesia es Dios, por caminos a veces insospechados para los humanos. Dios exige confianza en él y si se la tenemos, nos va conduciendo los caminos de su proyecto. Las promesas de Dios en ciertos momentos y circunstancias nos parecen imposibles, pero para El nada hay imposible.

 

Las promesas de salvación de Dios no son únicamente para la otra vida, porque el Reino de Dios ha iniciado ya, y está entre nosotros.  Es por esto que el sueño de construir una sociedad justa y fraterna es objeto de nuestra esperanza cristiana.  Y así como Abrahán se esforzó por colaborar con Dios en la realización de sus promesas así también el animador debe buscar la forma de cómo colaborar a que se haga realidad, a través de las organizaciones del pueblo,  el inicio de la realización de las promesas de Dios. Quien tiene su esperanza puesta en Dios es constante en su compromiso por el Reino de Dios,  porque sabe que Dios es siempre fiel a sus promesas.

 

Nuestra fe y esperanza ahora están centradas en Jesús, muerto y resucitado, en las promesas que él nos manifestó, y sabemos lo difícil que es vivir creyendo en su cumplimiento.  Quien no tiene esperanza ante las dificultades se desanima, deja la misión, pero el que tiene esperanza sigue adelante con perseverancia aunque en la mayoría de los casos no vea cómo se cumplirán esas promesas de paz y justicia.

 

El cristiano-cristiana no únicamente tiene que preocuparse de ser una persona de fe y esperanza a ejemplo de Abrahán, sino debe procurar que los  miembros de su comunidad también lo sean.  Buscará los medios, entre los cuales está la oración, la lectura de la Sagrada Escritura y la participación en la Eucaristía.

 

La situación actual exige del discípulo discípula de Jesús una actitud profunda de fe y de esperanza.

 

JOSE SANCHEZ SANCHEZ

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA IGLESIA, LUZ DE LAS NACIONES.

 

 

            El Concilio Vaticano II ha sido el concilio “de la Iglesia” en los últimos años.  Cuando el Papa Juan XXIII convocó el Concilio en 1959, no pensó en que fuera una reunión de Obispos para discutir cuestiones doctrinales que estuvieran en duda o que hubieran estado siendo atacadas por herejías, sino un concilio eminentemente pastoral, que respondiera a los problemas de la humanidad hoy.

 

            1.- El documento central de este Concilio fue la Constitución sobre la Iglesia, que se titula: “LUZ DE LAS NACIONES”. En ella los Obispos participantes, en comunión con el Papa y entre sí, asistidos por el Espíritu Santo, en primer lugar dijeron que la Iglesia es “Sacramento de salvación”, es decir, que en ella se hace presente Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, una comunidad de amor.  Dios a través de la comunidad de los creyentes,  ofrece su salvación a la humanidad. Por tanto, la Iglesia es la nueva presencia de Cristo resucitado, sacramento original del encuentro con el Padre, en el mundo.

 

            Anteriormente se pensaba que sólo se salvaban los que pertenecían a la Iglesia católica, todos los demás estaban condenados.  La Iglesia se consideraba el arca de salvación, los que quieran salvarse de las aguas del mal, tienen que estar en ella, pertenecer a ella.  En el Concilio, los Obispos dijeron que Dios salva a todos los hombres y mujeres que le abren el corazón, que los aman y que obedecen sus mandatos sea de la nación que sea, pero que en la Iglesia se manifiesta de una manera más clara su salvación.  Por eso es Sacramento de Salvación, es decir, signo e instrumento de esa salvación.  Los Sacramentos, las acciones de evangelización, el testimonio de los cristianos justos y santos son las acciones a través de los cuales Dios hace presente su amor salvador para todos. En el mundo hay tinieblas del error y del mal, pero También la luz de la salvación y la verdad y éstas brillan en la Iglesia.

 

            2.- Otra de las verdades que se dijeron en el Concilio es que LA IGLESIA ES PUEBLO DE DIOS, en el que todos tenemos la misma dignidad de hijos, hijas de Dios, de hermanos y hermanas de Cristo Jesús. Si en la Iglesia hay pastores y ovejas, todos tenemos participación del sacerdocio de Cristo, por medio del bautismo. Todos somos parte del Pueblo de Dios.  Los pastores son servidores de la comunidad.  Antes que privilegios tienen el ministerio de servir a la comunidad, de una manera especial, a los más pobres.

 

            Los bautizados están consagrados por el Sacramento del bautismo. Los pastores: Obispos, presbíteros, diáconos están consagrados por el Sacramento del Orden sacerdotal. Estos son el sacramento de Cristo, cabeza de la iglesia y los fieles, son sacramento de Cristo, cuerpo.  Hay entre ellos una unión tal que los hace un solo cuerpo, el de Cristo.       Los obispos dicen que  la Iglesia  es una comunidad de hermanos y hermanas en la fe, con dimensión circular, no piramidal, por tanto, en ella no debe haber nadie arriba del otro, sino todos en el mismo nivel de hijos e hijas de Dios.

 

            3.-  Una tercera idea importante del Concilio es que los Obispos forman un conjunto, una unión, un colegio entre ellos, que tiene una cabeza.  Los apóstoles también formaron una unión y tenían una autoridad,  que los coordinaba: San Pedro. Ahora el sucesor de Pedro es el Obispo de Roma, que llamamos: Papa.  Cada obispo en su diócesis es el pastor propio de la Iglesia, pero debe estar en comunión con su Iglesia, con las demás Iglesias y sus obispos y con La Iglesia de Roma y su Obispo que es el Papa.  Así el pastoreo de la Iglesia es en unidad, en colegialidad.

 

            La Iglesia es ante todo una comunidad que vive unida por el Espíritu Santo. Esa unidad se manifiesta en la vida y en las acciones que realiza. A esta unidad de las Iglesias entre sí se le llama: Sinodalidad.    A la unidad de los obispos de las Iglesias particulares entre sí y con el Obispo de Roma, se le llama: Colegialidad. A la unidad de cada Obispo con su Iglesia se le llama: Comunión. La característica fundamental de la iglesia es la comunión.

 

            Los pastores deben trabajar colegialmente en las tareas de Evangelizar, de celebrar la salvación, y de pastorear el Rebaño a ellos confiado. Para esto existen las Conferencias Episcopales, que son la unidad de los obispos de una nación que se reúnen a tomar acuerdos pastorales.  Pero además deben trabajar unidos todos con el Obispo de Roma, el Papa, por esto existen los Sínodos de Obispos y los Concilios Ecuménicos.

 

            El testimonio de unidad de la Iglesia es el que más necesita el mundo de hoy.  “Que sean uno como tú, Padre y yo somos uno para que el mundo crea que tú me has enviado” dijo Jesús (Jn 17 ,21).

 

            El Concilio le dio importancia a las Iglesia particulares, las diócesis, de tal suerte que éstas no son representantes de la Iglesia universal, sino que de ellas y por ellas se constituye la Iglesia universal de Cristo.  Esta Iglesia subsiste, vive en todas las comunidades por más pequeñas que ellas sean.  Todas ellas al estar en comunión entre ellas son la Iglesia universal y ésta se manifiesta en ellas. Cada una tiene su pastor propio que es el Obispo, que junto con su presbiterio, la pastorea. Cada una de ellas debe asumir las características del pueblo o pueblos en los que peregrina.  Se debe encarnar en sus culturas, por eso son “Iglesias particulares” o “Iglesias locales”. La Iglesia es una comunidad en la diversidad. Su unidad no es uniformidad.

 

            4.- LA IGLESIA TODA ELLA ES MISIONERA.  Anteriormente, misioneros eran los solamente los sacerdotes y religiosas que iban a tierras en las que todavía no se había anunciado el Evangelio o en las que no estaba plenamente establecida la Iglesia.  El concilio nos dice que toda la Iglesia es misionera.  Somos todos los cristianos los que tenemos el deber misionero, cada uno en el lugar en el que vive y de la forma que le corresponde.  Ser misionero es la identidad propia del cristiano.

 

            5.- Por último, todos LOS DISCÍPULOS DE CRISTO ESTAMOS LLAMADOS A LA SANTIDAD, que consiste en el cumplimiento de la voluntad de Dios.  Esta santidad es una dimensión fundamental de la Iglesia, por la presencia del Espíritu Santo en ella.  La Iglesia es pecadora porque está compuesta de hombres y mujeres que son pecadores; pero al mismo tiempo, es santa, porque el Espíritu Santo habita en ella.  Esa santidad llegará a su perfección cuando Cristo se manifieste por segunda vez, entonces, todos los elegidos de Dios, serán santificados y perfectos para poder participar de la gloria eterna del Padre, por el Hijo en el Espíritu Santo.

 

            Es muy necesario que los cristianos de hoy conozcamos más a fondo la concepción de Iglesia del Concilio Vaticano II, y que tengamos la creatividad para seguir avanzando en la vivencia de ella, como sacramento de Salvación, Pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Así se manifestará al mundo de hoy el amor de Dios a todos los humanos.

 

 

JOSE SANCHEZ SANCHEZ

 

           

 

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